Los consumidores son un factor clave para la salida de la crisis. Sin embargo, al Gobierno a los partidos políticos, a las empresas y a las entidades e instituciones financieras, sólo les interesan como sujetos pasivos y domesticados.

Por Manuel Pardos, presidente de ADICAE.

No habrá una salida positiva de la crisis sin los consumidores. En esta aseveración seguramente estamos de acuerdo ciudadanos, gobiernos, empresarios, instituciones, entidades financieras y analistas económicos de todo tipo. El problema se plantea cuando profundizamos en la valoración que se tiene de cada uno de estos sectores sobre lo que representa el consumo y, sobre todo, los consumidores. Para la inmensa mayoría de la opinión “ortodoxa” del sistema económico que nos domina, el consumidor es únicamente un factor clave macro y microeconómico (por aquello de “la confianza del consumidor”). Piensan que el destino del consumidor debe ser consumir y callar, remedando el viejo adagio de “come y calla”. En ocasiones se atreven a hablar del “poder del consumidor” y otras veleidades vacías de contenido que se traducen en agresivas y engañosas campañas de marketing que tratan de burlar ese “poder” que, efectivamente, debería tener el consumidor como ciudadano en una sociedad democrática.

Hay que recordar que en el marco de un Estado de Derecho, que ha impuesto determinadas reglas de racionalidad y coherencia a un capitalismo monopolista, salvaje y desaforado, que nos lleva a crisis económicas como la actual, es necesario que se cumplan y no se tolere que se cuestionen las bases de la política, la economía y la sociedad misma, conduciendo a dramáticas situaciones a millones de personas. La posibilidad del ejercicio de los derechos de los consumidores y usuarios, que nadie niega teóricamente pero nadie aplica, sobre todo en los servicios financieros, forma parte de las reglas elementales de las economías desarrolladas del siglo XXI como elemento constitutivo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, y particularmente en las crisis económicas, los consumidores y sus organizaciones legítimas y representativas se ven abocados a reclamar ante una Justicia lenta y farragosa como única solución.

La crisis económica ha puesto al descubierto el consumismo manipulado por las grandes corporaciones, que creaba la ilusión de vivir bien ahora frustrada. Igualmente ha desenmascarado en toda su crudeza el engaño de un endeudamiento alentado y sostenido irresponsablemente por las entidades financieras españolas en exclusivo interés de sus enormes y desproporcionados beneficios. Estos comportamientos aplaudidos por los gobiernos que estamos pagando todos, especialmente los millones de familias sobreendeudadas, hoy víctimas abandonadas a la impiedad y el drama de los embargos implacables de bancos y cajas en viviendas, nóminas y todo tipo de patrimonio con el que siguen haciendo negocio, tienen que terminarse para la salida de la crisis. Del mismo modo deben poner a fin a la corrupción que ha llevado acarreada y pedir las responsabilidades pertinentes a sus causantes.

Acabar con estas situaciones, a las que el Gobierno de Zapatero no ha dado ninguna solución, es imprescindible para la salida de la crisis y el cambio de modelo económico-productivo y de consumo en España. La aspiración de los de siempre a la vuelta al irracional modelo anterior de consumismo y endeudamiento crediticio es imposible tras la crisis, tanto económicamente como por las lecciones aprendidas por millones de consumidores y ciudadanos. La bancarización de nuestra economía, la manipulación y abusos infinitos a los consumidores por unos oligopolios absolutamente antidemocráticos, tienen que terminarse si se quiere enderezar el maltrecho rumbo de nuestra economía y sistema financiero. La reforma en profundidad de los organismos reguladores (Banco de España, CNMV, Comisión del Mercado de Telecomunicasciones y Comisión Nacional de la Energía) corresponsables de la crisis actual por sus posicionamientos neoliberales y anticonsumeristas, debe llevarse a cabo sin dilación y sin refugiarse como coartada en la UE, el G-20, el Fondo Monetario Internacional o sin esperar a la “Santa Compaña” que suele reunirse en esos foros lo decidan.

Está claro que sólo van a decidir repartirse los cadáveres de la crisis al ritmo y modo que a ellos les venga bien. Los consumidores y ciudadanos no podemos permanecer pasivos esperando que nos resuelvan los problemas los que han causado la crisis. Los que han causado la crisis hasta pretenden aprovecharse de ella en su beneficio. Las asociaciones legítimas y representativas de los Consumidores debemos reaccionar y tomar en nuestras manos eficazmente la tarea de responder a los importantes retos que se presentan a los consumidores en la crisis, generando un movimiento consumerista que imponga su actuación como agente social decisivo en el siglo XXI. Las lecciones de la crisis son en algún caso dramáticas. Las actitudes y los hábitos que la situación ha obligado a todos consumidores a tomar -ahorro, consumo más responsable, mejor administración del presupuesto familiar,…- deben conducir a un nuevo consumidor que haga del consumo responsable un modo de vida mejor. La participación de los consumidores en un nuevo modelo productivo y de economía sostenible para nuestro país ha de ser imprescindible y debe traducirse en su reconocimiento como agentes sociales más allá de los formalismos actuales legales de representación y consulta de los
consumidores.

Artículo publicado en el número 48 de La Economía de los Consumidores.